EL SANTUARIO DE LAS LUCIÉRNAGAS

El sol parecía desplomarse en la calurosa y húmeda tarde sobre el boscoso municipio de Nanacamilpa, ubicado al oeste del Estado de Tlaxcala. Era 21 de Junio, día en que en México se celebra a los padres; fecha que a su vez da origen al día más largo y luminoso del año al producirse el solsticio de verano, que marca además el inicio de esta estación.

Ese día desde temprano, Pedro Toache y su esposa Irene Olvera oriundos y vecinos de la región, se habían alistado para esperar a su hija Silvia, doctora de profesión, la cual llegaba de la ciudad de México con el propósito  de festejar tal fecha junto a sus padres, como cada año lo hacían, acampando en una cabaña  junto a la serena  laguna azul que se ubica cerca de donde ellos vivian, la que a su vez colinda con extensos bosques de coníferas en donde año con año las luciérnagas en esa temporada se atraen, apareándose en la noche por medio de destellos de luz. Tal evento fue el que también había considerado Silvia como el apropiado para poderles dar a sus padres —- según ella — una gran sorpresa, la que consistía en el de llevarlos a vivir con ella a la ciudad de México,  debido a la solvencia y éxito que había alcanzado a través de su profesión.

Antes de que ella llegara, Pedro e Irene fueron a la gran parcela donde  cultivaban maíz y plantas de maguey, la que con mucho trabajo y después de ser novios pudieron comprar, ya que les había dado no solo para vivir holgadamente, sino que también, por la labor que en este realizaban, a su hija le habían podido costear la carrera de medicina.  El propósito de Pedro e Irene de ir a la parcela, tenía como fin el de cerciorarse y el de dar indicaciones a sus trabajadores sobre el cuidado y atención que le debían de tener a las plantas de maíz, cuya siembra se había iniciado veinte días atrás.

No pasaron más de quince minutos cuando Silvia llegó al terreno de cultivo en una hermosa camioneta blanca, siendo recibida con gran cariño por sus padres. Antes de que se subieran a ésta, Pedro levantó una mazorca con la que  se tropezó en su camino, la cual apretó en su mano y la introdujo en una de las  bolsas de su chamarra. Posteriormente apoyó a Irene para que se  subiera a la camioneta.

A la cabaña llegaron antes de que se ocultara el sol,  y juntos en un restaurante anexo a la laguna disfrutaron de la comida típica del lugar: Ahí Silvia empezó a hablarles de los logros recientes que había tenido en su trabajo, sintiéndose muy orgullosa de ello, hecho que fue muy reconocido y alabado por sus padres. En ese instante, ella estuvo tentada en manifestarles la señalada sorpresa relacionada con la propuesta que les iba a hacer, pero mejor decidió reservarla para más tarde, cuando anocheciera, al estar presentes en el soberbio y esplendido evento protagonizado por las brillantes e iluminadas luciérnagas.

Después de admirar la luna llena, la que resplandecía y se reflejaba sobre la calidez serena de la encantadora laguna azul, juntos se encaminaron a la zona refugio de los “lampíridos”, escenario que los recibió de manera imponente y radiante a través de miles de luces.  Inmediatamente ahí,  junto a un oyamel, encontraron un tronco de árbol caído, el cual les sirvió de asiento y, desde allí, de manera silenciosa  comenzaron a admirar el espectáculo que la naturaleza les brindaba y la forma en que ésta se manifiesta.

Las experiencias de ellos ante tal evento habían sido siempre diferentes, ya que les era muy común acudir cada año debido a la cercanía que tenía con su hogar. Este panorama e imágenes llenas de encanto y magia evocaban en su imaginación manifestaciones existenciales y sentimentales diferentes en cada uno  de ellos.

Dentro de este suceso y circunstancia que de manera particular los llevaba a realizar una introspección, Pedro empezó a reflexionar sobre su pasado, sobre lo material y espiritual, determinando que las mejores cosas de la vida no son los objetos o cosas que se han adquirido, si no las emociones sentidas, los momentos vividos, los felices recuerdos y las lecciones aprendidas; que se envejece  no cuando se desgasta la piel sino cuando se pierde o nos abandonan los sueños, aspiraciones o esperanzas. Para Irene sus pensamientos le evocaban el presente, el  que cada día, el  que cada segundo le estaba otorgando, al darle la oportunidad de seguir siendo feliz, al poder vivir con gran intensidad el aquí y el ahora, comprendiendo  que el tiempo es limitado y que no hay que malgastarlo, que debemos poner en cada momento, en cada acción que realizamos, una pequeña semilla de amor. Para Silvia ese instante la proyectaba hacia el futuro, en la lucha y determinación de sus sueños, convencida de que todo lo que imaginaba era real, con la certeza de que sus ilusiones no eran fantasías, si no deseos tangibles que con preparación y esfuerzo pronto se iban a realizar.

Ese instante fue para Silvia el idóneo para comentarles la intención que tenía para con ellos:

—-Papá, mamá – les dijo – éste es el momento para pedirles o invitarlos para que se vayan a vivir conmigo a México. Como ya les había dicho, a mí me ha ido muy bien económicamente y creo que ustedes ya deben de descansar y dejar de trabajar.

La propuesta para Pedro e Irene fue inesperada, los cuales se miraron sorprendidos, acto que dio espacio para que Pedro considerara tal ofrecimiento y así  ordenara sus pensamientos, por lo que después de un breve lapso le contestó:

—– Silvia, tú sabes cómo te amamos, que eres lo más importante para nosotros y así te lo hemos demostrado; pero la vida y la naturaleza está compuesta por ciclos— –y le siguió hablando al meter su mano en su chamarra y sacar la mazorca de maíz que ahí guardaba, a la cual en ese momento comenzó a desgranar –mira estas semillas de maíz– , le continuó diciendo–, son seres que al igual que los humanos tienen una función en los tiempos de su existencia, tienen un principio y un fin en esta jornada terrenal, la cual tenemos todos que cumplir; así también estas brillantes luciérnagas, cada año vienen y se van, cada día se encienden en la noche y se apagan en el día; cada día y noche inician y terminan, cada estación finaliza y regresa.

Después de ello calló un momento, y haciendo una nueva reflexión terminó diciendo:

—-Silvia, tengo 58 años de edad, me siento sano y fuerte y mi vida eres tú, tu madre y mi trabajo, la tierra donde nací y vivo, y mi ciclo aquí no ha terminado, apenas para mí es el atardecer,  cuando empiece a anochecer yo mismo te pediré que me ayudes a enfrentarla… bueno, esto es mi sentir, no sé qué piense tu madre.

Irene se le acercó, le tomó sus manos y le dio un beso y un fuerte abrazo, siendo la señal que aprobaba su decisión. Silvia lo entendió, y con los ojos húmedos por la alegría de ver a sus padres unidos, se integró a ellos demostrándoles cariño y respeto.

Ya siendo amanecer, el sol se despertó entre las montañas, alumbrando los campos y sembradíos, las semillas segundo a segundo se iban transformando en plantas,  los tallos de las flores  seguían creciendo robustos y erectos, y las luciérnagas dejaban de iluminar el bosque después de aparearse y depositar sus huevos en la tierra.

Pedro, Irene y Silvia continuaron celebrando el “Día del Padre”, juntos siempre, advirtiendo a su vez, que la naturaleza y la vida está basada en ciclos, con la alternancia del despertar y del sueño, de la inspiración y la respiración, del nacimiento y de la muerte,  comprendiendo también que el verdadero amor no tiene principio ni fin, que es eterno, que es infinito, que es la esencia de todo lo creado, que es la presencia del ser absoluto, que es la energía que sostiene al universo.