LOS CUATRO COLIBRÍES

En las tierras de Tlaxcala, al oeste del volcán La Malinche, existe un lugar donde se sabe que mora Camaxtli, dios prehispánico, el cual ahora protege a la Naturaleza, protege a los animales y árboles, protege entre otros a los conejos, liebres, codornices y víboras, y, a los fresnos, ocotes, encinos y sauces que aún quedan en pie. Todos ellos conviven en silencio y temerosamente en los escasos bosques que conforman las faldas de la montaña, todos ellos sobreviven milagrosamente a la erosión del terreno provocada en gran parte por las manos del hombre.

Muy cerca de ese sitio, en la población de San Pablo del Monte, vivía, bella y altiva, Natalia Cuautli, indígena nahua de cincuenta años de edad, que ahí había nacido y nunca de ese lugar se había movido, protegiendo con ello a sus raíces al igual que lo habían hecho en su tiempo sus antepasados. Ella era abuela de Isidro Tlatelpa, al que comenzó a criar después de que cumplió un año de edad, debido a que la madre de éste, se lo encargó cuando decidió seguir mejor a su hombre hasta más allá del Rió Bravo. Solo un año pudo recordar Natalia a su hija, puesto que después de ese tiempo, ya jamás supo de ella, hecho que no le causo coraje ni rencor, muy por el contrario, estaba muy agradecida por ello, debido a que Isidro, desde que le fue entregado, había sido una bendición  para su vida, para su espíritu, para su comunidad.

Fue el 21 de Marzo cuando Isidro nació y, desde ese día supo el pueblo entero que era un ser especial, diferente a los demás. Tal atributo se corroboró muy poco después de que lo dejó su madre, ya que antes de comenzar a dar sus primeros pasos, cuatro hermosos colibríes, los mas bellos que hasta entonces se habían visto en la región, de manera alegre y atenta hicieron su aparición, como si fueran los vigilantes de los actos de Isidro y, siempre sobre un robusto árbol de buganvilia que se alzaba frente a la humilde vivienda en donde habitaba él con su abuela. La casa, aunque muy rudimentaria, estaba constituida por cuatro cuartos y una pequeña parcela de terreno que había sido parte de un ejido en el que además de cultivar maíz y fríjol, se criaban aves de corral que eran junto con la tortilla, el chile y la sal, su dieta habitual. Los cuartos estaban hechos de ladrillo y adobe, con techo de tejas, y se comunicaban por medio de un pasillo. Uno era el dormitorio, que tenia una gran ventana que daba vista a la buganvilia, habitación que con el tiempo fue dividida en dos al crecer Isidro; otro era el lugar donde se cocinaba y preparaban los alimentos; el tercero era el baño, compuesto por una fosa séptica y una pila en donde se almacenaba el agua; y el último era un taller rústico de alfarería.

A partir de esos primeros años y de dar Isidro esos primeros pasos, los sutiles colibríes, como si fuera una rutina ensayada, se detenían por un espacio de tres días en el árbol cada vez que terminaba o iniciaba una estación del año, siempre alerta a lo que hacía o dejaba de hacer Isidro. Desde ese entonces, y antes de que aprendiera  a hablar, ellos ya se comunicaban con él, por medio de silbidos y trinos hedónicos que le orientaban y expresaban con ello su saber y sentir, el que estaba relacionado con la flora y la fauna, con la existencia y subsistencia de los vegetales y animales, con la protección y conservación de la vida.

Los cuatro colibríes tenían nombre y representaban a cada uno de los cuatro elementos de la cosmogonía antigua, secreto que solo a su abuela se lo había confiado:  El que representaba a la tierra, a la montaña, a los bosques era Tlalli, y tenia sus alas verdes y el pecho gris; Atli tenia el pecho blanco y las alas azules, era el emisario del mar, de los ríos y lagos, del agua; Echecatli era el aire, el viento, la brisa, el soplo, y tenia sus alas rosas y el pecho plateado; y el último era Tonatiuh, con las alas negras y el pecho amarillo, y era el enviado del fuego, de la lumbre, de la luz. También solo cuatro veces al año convivía con ellos, lo cual no alteró su forma de vida, ni siquiera cuando cumplió los doce años de edad, etapa en la que, ya sus labores cotidianas consistían en dar de comer y beber en las mañanas, antes de irse a la escuela, a las aves de corral y, ya pasada la tarde, después de comer, se la pasaba en el taller de alfarería, ayudando a su abuela en la elaboración de platones,  jarras, jarrones y floreros de barro fino, de loza blanca y azulejo denominada “de Talavera”, diseñada con elementos decorativos inspirados en el arte nativo.

Tal fue su entendimiento en relación al medio en que se encontraba, así como el amor y agradecimiento que le tenía a su abuela, que todos los sábados, después de desayunar con ella y darle un beso en la frente, se iba solo a la montaña, con la intención de alojarse en ella hasta la tarde del domingo, con la complacencia y beneplácito de la propia Natalia, puesto que ésta sabía, que ahí Isidro se reunía con la esencia de sus orígenes, con sus antepasados, con el numen que aporta el contacto con la naturaleza.

Fue con el tiempo, después de que cumplió Isidro diecinueve años, cuando comprendió, conforme a las vivencias adquiridas, casi predestinadas, que tenía un compromiso que realizar con el hábitat y, para ello, era necesario estudiar y prepararse para poder enfrentar con los instrumentos adecuados a la explotación irracional de los recursos naturales, así como a la contaminación y deterioro del ambiente. Por tal razón, con el apoyo de su abuela, decidió estudiar la licenciatura en Ciencias Ambientales en la Universidad del Estado, instrucción que después de cinco años terminó, titulándose con mención honorífica. A partir de ese día, creó una Organización Civil Ecologista y, por la capacidad que había demostrado, fue solicitado por instituciones académicas y gubernamentales para realizar asesoramientos relacionados con el tema, proponiendo acciones y soluciones concretas sobre la preservación de los ecosistemas y la biosfera. No obstante la nueva labor emprendida, nunca dejaba de realizar la tradicional costumbre, el rito semanal de desayunar los sábados con su abuela y, también, el irse después a la montaña para reconfortar y alimentar su espíritu. Así pasaron tres años más, y un fin de semana, sin que fuera el inicio o término de una estación del año, le extrañó que al llegar a su casa se encontraran los cuatro colibríes en el árbol de buganvilia , más aún, que no silbaran ni trinaran, parecía que tenían murria, estaban tristes.

Como siempre, él quiso primero comunicarse con ellos, sin que  esta vez tuviera respuesta. Tal hecho le presagió una fatalidad, por lo que, inmediatamente entró a la habitación de Natalia, encontrándola aparentemente dormida sobre su cama, pero con los ojos abiertos. La angustia de Isidro fue en aumento  al acercarse poco a poco a ella, sin que ésta respondiera a su presencia, y aunque sus ojos estaban abiertos, estos se encontraban inertes y, no se movía, no respiraba, estaba muerta, había fallecido serenamente, bella y altiva, con la cara sonriente y mirando de frente a la ventana, a la buganvilia y a los colibríes que la observaban. Después de darle un beso y cerrarle los ojos con la yema de sus dedos, solo diez minutos le lloró Isidro, puesto que sabía que su abuela Natalia no quería llanto, sino alegría en su muerte, ya que había cruzado el océano de la vida con la frente en alto, con gran dignidad,  con la sabiduría de que sus actos habían sido coherentes con lo que había dicho y hecho. Pasado el desahogo, abrió la ventana para que entrara el aire,  prendiendo a su vez, en ese mismo instante  una veladora sobre una base de barro para que estuvieran también presentes el fuego y la tierra, y luego lleno una jarra de “Talavera” con agua pura, clara y transparente. Ya casi para anochecer, Isidro cubrió a su abuela con una manta de lino blanco y la cargó tomándola en sus brazos y, sin que lo notara nadie, ahora se encaminó  junto con ella a la montaña, como él lo hacía  todos los sábados, cuando se  encontraba  con sus antepasados.  Triste y nublado había sido  el día, pero como se fueron acercando a las faldas de la montaña, las estrellas fueron apareciendo al despejarse el cielo, y la imagen cincelada de la luna fue relumbrando tanto a ellos  como a los cuatro colibríes que volaban vigilantes entre los árboles, hasta que finalmente llegó el momento en que las sombras de sus figuras se fueron perdieron poco a poco en el umbrío bosque.

El tiempo y los días pasaron, e Isidro continuó su vida trabajando para proteger el suelo, los bosques, el agua, los minerales y la vida animal. Y de Natalia Cuatli, nunca se supo en qué parte del bosque quedó su cuerpo, lo que se sabe, y de ello aun se puede dar constancia, que cuando termina o inicia una estación del año, por un espacio de tres días, un águila bella y altiva surca alegre, ya no el océano de la vida, sino el cielo azul de San Pablo del Monte, acompañándola siempre a su lado cuatro hermosos colibríes.