LAS TRES VIRTUDES

Desde que le echaron el agua del bautismo, los ahí presentes se dieron cuenta que el hijo de Camila Neza, no solo era diferente a sus hermanos, los que, por distintas circunstancias habían ya muerto, sino que, aparte de tener una mirada inquieta y soñadora, se le desprendía del cuerpo un aroma parecido al incienso del romero, hecho que todos consideraron normal, ya que éste era uno de los remedios utilizados cotidianamente por su madre en las limpias que realizaba los viernes por la tarde a todas aquellas mujeres viudas , solteras o casadas que deseaban retener o atraer un nuevo amor.

—-Emiliano Neza —-, ese será su nombre— reafirmó Camila cuando el cura Rosendo Arias, padre de la iglesia de San Antonio Calpulalpan quiso intervenir e imponer a éste el nombre del santo del calendario del día que había nacido, advirtiéndole además a él y a todos los ahí presentes, que sería el último y único hijo que ella iba a tener.

El párroco, sabiendo de su temperamento, y del conocimiento que ésta tenía en los menesteres de exorcismo y magias no muy cristianas, pero ciertamente eficaces, determinó bautizarlo y no contravenir su decisión y, menos aún, intentar preguntar ¿Quién era? o ¿Cuál era el nombre, del padre del menor?. Resignado y pensativo, después de secarle la cabeza a Emiliano y de advertir asombrado un gran lunar en forma de triángulo en su brazo, se lo entregó a su madre. Por otro lado, además, tomó en consideración que finalizando la ceremonia religiosa iba a haber un gran banquete en el rancho de Camila, evento al cual no podía faltar, no solo por lo que se iba a consumir y a quien se iba a encontrar, sino que sería el momento oportuno para poderle precisar: que solo faltaban dos semanas para junio, mes en que se conmemora a San Antonio de Padua, patrono del municipio, por lo que era necesario hacerle saber por anticipado de lo agradecido que siempre había estado el señor  Obispo por las aportaciones que año con año le hacía ella a la parroquia con motivo de la feria de Calpulalpan. Por todo ello, prefirió en ese momento olvidar lo de los nombres y, mejor callar.

Terminando el acto litúrgico, todos salieron al atrio. Primero los familiares y amigos se tomaron la foto con Camila y Emiliano y, posteriormente los niños se apilaron alrededor de Camila quien dio el bolo, porque fue en ésta ocasión en la que decidió, que su hijo no tendría padrinos; y es que, en realidad no los necesitaba, ya que la experiencia le había demostrado que los padrinos de sus hijos, ahora sus compadres, en lugar de haber sido los protectores de éstos, se habían convertido en sus protegidos, pues, cada quincena los tenía en su rancho con el pretexto de irla a saludar, pero con el verdadero fin de obtener “de su gran misericordia” una dádiva en especie o dinero.

Después del bolo, familiares, compadres y vecinos, atravesaron el parque juntos, y después en caravana se dirigieron a Tecuaque, al norte de Calpulalpan, lugar donde se encontraba el rancho, el que como todos contaban, lo había adquirido gracias a sus nobles antepasados: tlaxcaltecas y texcocanos,  insurgentes y revolucionarios. De ello, ella también se jactaba y se sentía orgullosa.

El Rancho Mayahuel , como era conocido, había sido reconstruido sobre las ruinas de una antigua hacienda pulquera y, aunque su origen se remontaba a los tiempos de las encomiendas que se dieron en Tlaxcala en el siglo XVI, se conservaban en buen estado las caballerizas, los corrales, la capilla y las habitaciones para peones y tlachiqueros. Al casco principal se tenía acceso a través de un gran patio flanqueado por pinos, cuyos pasillos daban entrada a las habitaciones principales, a la cocina y a un amplio y sobrio salón donde se realizaría el festejo.

Poco a poco, pasado el medio día, llegaron los más de trescientos invitados, los que fueron ubicados estratégicamente en el salón por doña Camila de acuerdo al rango político y social que tenían, como también  por  la amistad que por ellos sentía. En la mesa principal colocó solo diez lugares: primero a su derecha, junto a una hermosa cuna bordada con bejuco en la que se encontraba el agasajado Emiliano, sentó al párroco Rosendo; en seguida al rico abarrotero Cástulo Fernández; después a Job Díaz,  médico naturista  y homeópata y, al final, al maestro Lorenzo Actipan y su señora esposa Lucia Nópal; a su izquierda colocó al Presidente Municipal Noe Santorum; después quedaron juntos José Caleras administrador de su rancho y el notario Nicolás Tequixtla y, al terminarse  la fila se encontraba Dulce Mazapa líder campesina.

Atrás de la mesa principal sobre un gran muro de adobe se  apreciaban dos grandes cuadros: el primero una foto amplificada tomada en la ciudad de México en 1914, en Palacio Nacional,  donde aparece  Emiliano Zapata acompañado por Pancho Villa y, en la segunda, una pintura del rey poeta  Nezahualcóyotl, de autor desconocido, en la que se apreciaba el apunte de uno de sus versos:

“Amo el canto del cenzontle
pájaro de cuatrocientas voces
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores
pero amo más a mi hermano el hombre”

Después de mirar los cuadros, el padre Rosendo entendió el ¿por qué? del nombre de Emiliano, así como también de la nobleza de los  antepasados de Camila.  Acto seguido dirigió su vista a la cuna, encontrándose con la sonrisa de Emiliano. Lo miró, y al tiempo de darle su bendición, éste le respondió  de la misma forma, con una sonrisa. Antes de que tomaran asiento, Camila tomó en sus brazos a Emiliano  como si fuera un trofeo,  levantándolo a la altura de sus hombros, y enfrente de todos  dijo: “Juro por los dones que he adquirido por parte de mis antepasados, que mi hijo Emiliano Neza, será un hombre bien reconocido y recordado por sus acciones, dichos, hechos y versos, y por sus virtudes que se le irán “demostrando”.

Ante tal aseveración, el padre Rosendo nada mas se persignó, los demás, después de un segundo de silencio comenzaron a aplaudir, y fue así cuando, entre hurras, vivas y porras dirigidas a Camila y Emiliano, se dio entrada al esperado brindis con pulque, el que se realizó a través de los acostumbrados “cruzados”, tradición tlaxcalteca que consiste en :  la obligación que dos personas se hacen, cara a cara , brazo con brazo, de tomar, cada uno en su vaso y de un solo sorbo el elixir emanado del corazón del maguey.

El primer “cruzado” lo realizó Camila con el presidente municipal Noe, después con el padre Rosendo, conformándose así  una cadena que se extendió a todos los invitados. Terminado el obligado y original brindis, se empezó a servir el banquete que incluía sopa de nopal, barbacoa de carnero en mixiote y gusanos de maguey; de postre almíbar de durazno y muéganos con panela; y de tomar, agua de jamaica, tequila y “curados”  elaborados con pulque, de sabor de apio, tuna y nuez.

A eso de las cuatro de la tarde, poco antes de que llegara el mariachi que iba a amenizar el festejo, Emiliano empezó, no a llorar, si no a sollozar, por sed y hambre, con un llanto silencioso, como si hubiera querido no estropear el convite que se hacia en su honor. Camila se dio cuenta de ello e, inmediatamente lo sacó de la cuna y se lo entregó a su nodriza, la aun joven veinteañera  Rosaura Toxqui, madre soltera, la que, después de taparlo y abrazarlo, lo trasladó al fondo de un largo corredor en donde se encontraba su habitación. Ahí, apresuradamente se desabotonó la blusa y se quitó el sostén para darle de comer, con la esperanza de que pronto se durmiera y así regresar al final de la comida y poder organizar el baile.

— ¡Este va ser un Cabrón! —,  murmuró así misma Rosaura, su instinto de mujer se lo decía, y más lo afirmó cuando presentó su exuberante pecho a Emiliano, el que lo miró — según ella — más con un deseo febril de adolescente, que por tener hambre.

Con paciencia, cerca de media hora lo estuvo amamantando y, Emiliano ni se dormía ni pestañeaba, solo la miraba sin dejar que se le desprendiera el pecho de su boca. Fue el momento en que su desesperación llegó hasta el límite, por lo que, tuvo que tomar la decisión de recurrir al artificio que nunca le había fallado: cambiar la teta por chupón y la leche por pulque. Solo tardó tres minutos Rosaura en sacar de la pañalera  un termo de plástico que contenía un  “curado” de avena y, a la vez, una mamila en la que depositó el brebaje. Emiliano, al principio, cuando se le cambió el envase, frunció el seño, pero después de tres chupadas a la mamila su rostro cambió: de inicio sonrió, después se puso alegre y, antes de terminar con el contenido, profundamente dormido quedó.

Mayahuel era el nombre que había puesto Camila a su rancho en honor de la virgen que fue seducida por Quetzalcóatl dios tolteca y mexica, y de lo cual nació— según el mito—el árbol representativo de la región: El Maguey. Decenas de ellos cercaban y delimitaban el terreno de labor perteneciente al rancho, en el que se sembraba cebada, maíz, trigo y avena, y, además, daba de pastar a ganado caprino y ovino. Los frutos de la hacienda del rancho eran producto del gran tesón y constancia que durante años había tenido Camila en las labores del campo, lo cual era reconocido por toda la región, hecho que le agradaba, pero no la satisfacía completamente, ya que ella deseaba que el apellido Neza no solo fuera recordado, sino también admirado en todo su Estado. Fue por eso que determinó, desde el nacimiento de Emiliano, darle todo su apoyo y fortuna, con la clara certeza de que con ello, éste lo lograría.

Aunque era mucha la fortuna de su madre, Emiliano fue educado desde niño en escuelas públicas, hasta que finalizó la preparatoria y, siempre teniendo como asesor personal y permanente al maestro Lorenzo Actipan. Terminando la preparatoria, Camila decidió buscar una universidad adecuada para Emiliano ya que había notado en él, desde que cumplió los quince años, un raro don literario: en las noches cuando dormía hablaba en verso, decía proverbios y “dichos populares”.

Sin duda, para ella, eso era un presagio, una gran señal mandada por sus antepasados, por lo que, después de haber pasado tres años y haberlo consultado con Lorenzo, determinó mandarlo a España, a la Universidad de Granada en Andalucía, lugar donde había nacido, estudiado y muerto su poeta preferido, Federico García Lorca. A Emiliano, al principio no le pareció buena la idea, pero después le agradó, ya que vio el momento de encontrar su libertad y cortar el cordón umbilical que lo había tenido atado a su madre desde su niñez debido a la excesiva protección que ésta le guardaba.

—“El ceder es a veces la mejor manera de vencer”— se dijo así mismo Emiliano.

Realizados los trámites conducentes en el aeropuerto y llevando toda su documentación en regla, a Emiliano lo fueron a despedir solo tres personas: su madre Camila, su profesor Lorenzo y su “nana” Rosaura. Antes de separarse de ellos, Emiliano empezó, como cuando era niño, no a llorar, sino a sollozar, ahora por el sentimiento de dejar a la gente que quería y que siempre había estado con él, y con el llanto silencioso que era tan conocido por su madre, se le acercó a ella y le dijo:

—-Madre, no te defraudaré, y defenderé siempre tu proyecto e ideal. Te amo.—, y la abrazó y le dio un beso en la mejilla.

Posteriormente fue con Lorenzo, a quien le expresó junto con un fuerte abrazo el gran cariño que le tenía:

—Gracias por tus consejos Lorenzo, siempre te estimaré, eres más que un amigo.

Después se dirigió a Rosaura y, tomándola de la cintura, le pidió cuidara mucho a su madre, además de hacerle saber lo mucho que la quería, no solo por lo que le había dado, sino por lo que le había enseñado. Con un beso en el cuello de ésta se despidió, e inmediatamente se volteó y dirigió presuroso a la sala de espera. No quería que lo vieran llorar, ni tampoco ver llorar a su madre. Era lo mejor.

Ya en el avión, y después de secarse las lágrimas, aparecieron en la mente de Emiliano las imágenes aun vivas de Camila, Lorenzo y Rosaura. A su madre la veía aun fuerte, ya que aparentaba menos de los cincuenta y ocho años que decía tener. Lorenzo no era más grande que ella, pero se veía más acabado, tal vez por el rostro adusto y rígido que tenía, lo cual se compensaba con su equilibrio, cultura y discreción. Rosaura se encontraba igual que, cuando veinte años atrás la había conocido: la misma cara, el mismo cuerpo y la misma ternura. Atributos que le hicieron recordar la forma y el modo en que lo fue criando, no tan solo en su etapa de niño, sino también cuando ella lo vio transformarse en  hombre.

Dos horas pasaron de vuelo y, Emiliano, que viajaba sin acompañante al lado, se dedicó a leer un libro sobre la Historia de México, al tiempo que la azafata le daba un aperitivo y un ligero entremés. Después de alimentarse se acostó e inclinó su cabeza sobre la ventanilla y, admirando la inmensidad del mar se quedó dormido con sus pensamientos. Sin embargo, como era costumbre en él, pasada media hora, se le empezó a manifestar el raro don de decir proverbios y dichos populares aun estando dormido, los que comenzó casi a declamar:

“La Reflexión es la madre de la Sabiduría”

“No hay alegría sin tristezas”

“Emplea palabras suaves y argumentos fuertes”

“Nada que sea violento será permanente”

Al principio, a la azafata, todo lo que estaba oyendo le causó, primero interés, después extrañes. Pensó que éste estaba jugando, pero, posteriormente se espantó al ver que realmente estaba totalmente dormido, por lo que decidió despertarlo:

—Joven, ¿Qué le pasa, se siente bien?

Emiliano medio abrió los ojos, y ya conociendo  “su virtud”, fríamente le contestó:

— No se preocupe, así se expresan y reflexionan mis sueños.

Acto seguido, se reacomodó en el asiento, quedando ahora sí, totalmente dormido y, dejó de hablar.

Granada, el último baluarte de los moros en España, era el lugar ideal para que Emiliano pudiera liberar sus inquietudes intelectuales y artísticas, así como también, el de poder conocer lo terrenal, lo mundano. Al llegar, inmediatamente se alojó en un mesón o casa de huéspedes, cerca de la Alhambra, maravilla del arte árabe y, ya ubicado, se dirigió a la universidad para dar  formalismo y continuidad con el trámite que había iniciado en México: el de inscribirse y ser alumno de la Facultad de Filosofía y Letras.

Su intención era el de obtener la licenciatura en Filología, ciencia que estudia las obras literarias y, después de ello, especializarse en la obra de escritores hispanoamericanos, ya que desde niño fue inducido por su madre a leer todo tipo de libros y autores: novelas o poesías, a Rubén Darío o a Sor Juana, a Rulfo o a Neruda, a el Quijote o el Popol Vuh. Además de que todo ello a él le atraía.

No le fue difícil adaptarse al ambiente, ni escolar ni social, puesto que aunque no de gran estatura, su presencia siempre era “ bien notada” y aceptada; algunas veces por su mirada inquieta y soñadora, algunas por su franca sonrisa, alguna por su facilidad de palabra y, muchas veces por el aroma parecido al incienso de romero que desprendía su cuerpo. Después de siete meses de instancia en España, Emiliano había cambiado, no solo por su nuevo estado de vida, o por lo que aprendía en las clases, sino que la vida nocturna de Granada, gitana y bohemia, lo había transformado: primero se dejó el bigote y la barba para verse más grande y, enseguida, todos los fines de semana desahogaba sus sentimientos, ya sea en una peña oyendo cantar trova latina, o en un tablao, viendo a las gitanas bailar flamenco. Lugares donde reía y sufría, cantaba y lloraba, subía y bajaba, sin tener la eterna aprobación o supervisión de su madre.

Fue en una peña donde conoció a Leticia. Ella tenía los ojos moros, pelo largo lacio y negro, y una figura espigada y, además, era más grande que él: tenía como treinta años.—— como a mí me gustan—, dijo él al mirarla y recordarle tanto a su madre como a Rosaura——-que estén maduritas para que me sigan enseñando.

En ese momento, ya cautivado por su belleza, la invitó, sin que fuera despreciado, a tomar una botella de vino con él,  y ya con ella a su lado, le comenzó a hablar de lo lindo que era México: de su música, de Álvaro Carrillo, de Lara y Manzanero; de su cultura, de los Mayas, de su gente y sus playas. Aparte le recitó dos versos, uno de Amado Nervo y el otro de Sabines, y antes de que se terminaran la segunda botella, la llevo al mesón donde él vivía, e hicieron el amor.

Un mes después, como a las dos de la mañana, estando durmiendo en su cuarto, recibió una llamada telefónica que fue contestada por Leticia, con quien estaba abrazado.

—-Emiliano, Emiliano,  despierta, te hablan de México—-, le dijo Leticia al oír la voz de una mujer que lo buscaba con urgencia.

Rápidamente, semidormido, Emiliano tomó el teléfono reconociendo la voz de Rosaura, la cual le dijo:

—-Emiliano, tu madre y Lorenzo tuvieron un accidente, es necesario que cuanto antes te vengas.

Cuando escuchó la voz entre cortada de Rosaura, Emiliano ya no le pidió mas detalles o aclaraciones de lo acontecido, sabía que era algo grave, e inmediatamente se levantó. Le contó lo sucedido a Leticia y empezó a empacar. Se regresaba a México. Leticia lo acompañó hasta el autobús que lo trasladaría a Madrid. El, besándole los labios le dijo que la amaba, que lo esperara. Ella solo cerró sus húmedos ojos y le apretó las manos. También se había enamorado de él, pero sabía que nunca más lo volvería a ver.

Al llegar a México, en el aeropuerto, Rosaura lo estaba esperando para enterarlo de todo lo sucedido: su madre, junto con Lorenzo habían muerto en un accidente en la carretera cuando se dirigían a la ciudad de Tlaxcala. Esperaba una noticia mala, pero no como esa. Rosaura lo abrazó y juntos lloraron sin decir palabra. Antes de salir del aeropuerto, Emiliano compró unos lentes oscuros, no quería que la gente viera su dolor. Afuera, en el aeropuerto, en un auto, el médico naturista Job Pérez, con quien Rosaura dos meses antes se había casado, los estaba esperando.

Poco antes de que llegaran a Calpulalpan las campanas de la iglesia de San Antonio empezaron a repicar, llamando a misa de cuerpo presente. Eran las doce del día cuando Emiliano entró al atrio, en él  había decenas de personas  que no habían podido entrar al interior de la iglesia debido a que ya se encontraba repleta. Muchos al ver su presencia se acercaron a darle el pésame. La mayoría era gente humilde, campesina, a la cual Camila siempre había ayudado. Y fueron estos quienes le  hicieron recordar las palabras que le decía su madre:

—-Emiliano, ésta es tu raza, tu gente, nunca la desconozcas.

Con esa idea se introdujo a la iglesia y, al fondo de esta, cerca del   altar, los dos ataúdes  se encontraban juntos  Después de eso ya nadie interrumpió su caminar, y se fue directo  a donde estaba el cuerpo de su madre para verla  por última vez. Y estando ya enfrente de ella le dijo, sin que se escucharan  sus palabras, solo a través de su mente, lo mucho que la había amado, que iba a cumplir  todo lo que había soñado para él, que no lo dejaba solo ya que ella siempre iba a estar a su lado. Posteriormente quitó  a  su madre el cristo y la cadena que portaba en su cuello, y él se la guardó. Enseguida pasó al ataúd de Lorenzo, cuyas manos estaban cruzadas sobre su pecho.

—-Lorenzo—-, le dijo—-fuiste más que un amigo, gracias por todas tus enseñanzas.

Y, queriendo tener también un recuerdo de él, tomó de su ya fría muñeca izquierda el reloj antiguo de pulso que siempre había traído y que nunca se quitaba, descubriéndole Emiliano, al desprendérselo, un gran lunar en  forma de triángulo que se ocultaba atrás de éste, igual al que él portaba en su brazo. Emiliano supo hasta ese momento que Lorenzo era su padre, el padre que siempre fue ocultado a todos por su madre, lo cual produjo en él una serie de sentimientos encontrados: de alegría por saber que Lorenzo había sido su padre; y de tristeza por todo lo que fatalmente había ocurrido. Estos hechos  le desencadenaron de inmediato un sollozo solo percibido por Lucha Nopal esposa de Lorenzo, la que ya se encontraba a su lado para reconfortarlo y darle el pésame. Juntos después, los dos  se regresaron a una de las bancas que estaban enfrente de la nave de la iglesia, frente al altar, para escuchar la misa. Hasta ahí llegó Rosendo Arias, que ahora era el Obispo de la Diócesis, quien antes de realizar la ceremonia lo fue a consolar a la vista de todos.

Terminada la misa, caminando y cargando llevaron los cuerpos de Camila y Lorenzo al cementerio, y como había sucedido veintiún años atrás en la comida en que se celebró el bautizo de Emiliano, se encontraron otra vez, pero ahora  al frente del sepelio, los principales invitados de aquel entonces: el sacerdote Rosendo López, Noe Santorum, Dulce Mazapa, José Caleras, Lucia Nopal, Nicolás Tequixtla, y el ahora presidente municipal y antes comerciante Cástulo Fernández.

Tres días solo pasaron después de que intentó Emiliano  recluirse en el rancho para tratar de ordenar sus sentimientos, cuando  fue buscado tanto por el administrador José Caleras, como por el notario Nicolás Tequixtla, con el propósito de informarle de los negocios de su madre: estados de cuenta e inversiones bancarias que tenía, así como del testamento dejado por ésta. No fue extraño para él saber, que todo se lo había heredado su madre, pero si fue de su asombro la cantidad de propiedades y bienes que estaban a su nombre, y que su futuro económico lo tenía resuelto, puesto que solo con los intereses que le daba el banco podía vivir dignamente y sin contratiempos.

El, aunque había vivido en la holgura propiciada por el estado de bienestar que siempre le proporcionaba su madre, el hacer dinero no era parte de su proyecto de vida, ni el de su madre para él. Ella, ciertamente había cumplido con suministrarle los bienes necesarios, pero con el fin específico de que con ellos pudiera desarrollar sus virtudes y, que el apellido Neza fuese reconocido por todos y en todo su Estado.

Tales argumentos para Emiliano estaban más que claros, por lo que determinó en ese momento tomar decisiones que tuvieran como fin el poder realizarlos. Por ello, ya conociendo la situación financiera, económica y legal de sus bienes, convocó para una semana después, otra vez en su rancho, a José Caleras y  Nicolás Tequixtla, así como también a la dirigente Dulce Mazapa, líder campesina que extrañamente jamás había pertenecido a partido alguno y a quien Camila Neza había conocido desde niña.

Hecha la invitación por Emiliano, con gran incertidumbre acudió Dulce, sin siquiera imaginar lo que ahí iba a suceder.

—-Gracias por venir, tomen asiento—-, les dijo Emiliano a los tres después de pasarlos al despacho en que Camila siempre atendía sus negocios—- pues bien—-, continuó —- les pedí que vinieran, porque ustedes son las personas indicadas que tienen que saber y además operar la decisión que he tomado—- y sin mas preámbulos, sacó de un cajón del escritorio en el que estaba sentado, una libreta en la que había hecho con su letra y puño, las siguientes anotaciones:

1.- Donación de todas las tierras de labor a los peones, tlachiqueros, pastores, y en general a todos los empleados que tenia el rancho Mayahuel, a través de parcelas, que se entregarán de manera equitativa y en igualdad de condiciones.

2.-Entrega de una cantidad en efectivo, justa y suficiente a Rosaura Toxqui y José Caleras, en razón del tiempo que habían servido a su madre, así como también a Lucia Nopal, viuda de Lorenzo Actipan.

3.-Donación de la casa que se encuentra en el centro de Calpulalpan a la organización campesina que preside Dulce Mazapa.

Terminado de leer el escrito, siendo testigo Dulce Mazapa, pidió al notario Tequixtla y a José Caleras, realizaran los trámites conducentes y le informaran. Eso fue todo. Les dio las gracias por haber asistido, y sin dar mas explicaciones se retiró a su habitación.

Lo hecho por Emiliano fue conocido inmediatamente, no tan solo en la región, si no que trascendió en todo el Estado. Unos decían que estaba loco, otros que era joven e inexperto, otros, que el ánima de Camila no lo iba a dejar en paz; pero también otros, que lo conocían y menos recursos tenían, lo comenzaron a respetar, ya no era “Emiliano el hijo de doña Camila”, sino que se había  convertido de la noche a la mañana en “Don Emiliano”, ¡Don Emiliano Neza!

Su personalidad, edad y cultura, le dio acceso en el Estado a todos los ambientes, tanto culturales y sociales, así como políticos. Comúnmente era visto en las ferias, corridas de toros, peleas de gallos, exposiciones de pintura o en conferencia de algún académico. También, frecuentemente era invitado a fiestas familiares de diputados, senadores, jueces y presidentes municipales, en donde además de ir siempre bien acompañado—- generalmente de una guapa mujer morena, que no siempre era la misma, pero sí mayor que él —- aprovechaba los momentos precisos  para decir sus poemas o para hablarles de la historia de México.

Ciertamente, solo cuatro años habían pasado del accidente y muerte de Camila, y el reconocimiento que la gente le tenía a Emiliano era real, auténtico, se lo  había ganado, ya que además de donar gran parte de su fortuna, continuaba aun en la línea en la que había actuado su madre, en la de dar apoyo a personas con carencias y, aparte,  en esta ocasión lo hacia con la asistencia y asesoramiento de Dulce Mazapa, quien siempre se había comprometido con las causas nobles.

En esta etapa y, dentro de esta actividad humanista, llegó el día que nunca iba a olvidar Emiliano:

Como era costumbre, cada principio de mes acudía a la hacienda de Santiago Ameca, la cual había sido acondicionada para convertirla en asilo de ancianos, y además ésta, era administrada de manera privada a través de donaciones particulares y públicas. El ánimo que lo inducía a visitarlos, era la precaria situación en que se encontraban, no  por la falta de techo o cama, sino por la falta de cariño, o de que alguien los escuchara o les diera un beso en la mejilla. Seis meses tenía que no faltaba, mes con mes estaba ahí, ya sea para llevarlas ropa y medicina o para platicar un rato con ellos.

Pero ese día, ese inicio de mes fue diferente, primero por que era dos de noviembre, día que se veneran a los muertos, día de los Fieles Difuntos; y, segundo, por que los administradores del asilo habían decidido invitar en esta fecha a distintas personalidades con el fin de agradecerles sus aportaciones al asilo, aprovechando además el momento para presentar al público una seria de ofrendas que habían realizado los ancianos en compañía de familiares y personal del asilo, en recuerdo de sus muertos.

Desde luego que él, era uno de los invitados, además de ser de los consentidos de los viejitos, pero, no obstante ello, posiblemente por que se acercaban elecciones estatales, en la mesa de honor o principal, solo iban a estar:  el representante del Gobernador, el Presidente Municipal de Calpulalpan, el Director del Asilo, el Secretario de Salud, y dos diputados, uno de izquierda y otro de derecha, que cuatro años atrás habían contendido al revés, por la derecha uno y por la izquierda el otro, sin haber sido en ese entonces agraciados con el voto de los ciudadanos.

Antes de que todos estos últimos tomaran sus asientos, los ancianos y público en general ya estaban sentados frente a la llamada mesa de honor, en sillas que fueron colocadas en medio del gran patio interno de la antigua hacienda.

Después que fueron presentados los invitados especiales y haber tomado alguno la palabra para hablar de la tercera edad y de “los grupos vulnerables”, el director del asilo pidió el aplauso de los presentes para agradecer a las autoridades que los acompañaban “por el constante apoyo que siempre habían dado al asilo”. Terminado el aplauso solicitó a todos, dar inicio al recorrido por los pasillos del asilo para apreciar las ofrendas que se habían realizado. Pero, poco antes de que se levantaran, intempestivamente se alzó de su asiento Justino Luna, maestro normalista jubilado, hombre cuya edad rebasaba los setenta años, de bigote y cabello cano y complexión robusta, que sin pedir permiso, olvidándose del protocolo, solicitó le pasaran el micrófono, y ahí parado, a un lado de su silla, comenzó a decir:

—— Distinguida autoridades, gracias por su presencia, mi nombre es Justino Luna. Desde hace mas de un año estoy aquí, y se me ha tratado bien, estoy a gusto, pero yo, en ésta ocasión les seré franco, y perdón por personalizar —— e hizo una pausa —— al que quiero agradecer y no está allá en su mesa, es al joven Emiliano Neza aquí presente, sentado a lado de nosotros ——, y sin invitarlos, todos los ancianos aplaudieron de manera espontánea —– y es que ——, continuó hablando Justino —– sin tener necesidad o compromiso alguno con nosotros, desde hace seis meses nos ha hecho favor de contar con su amistad y presencia. Por ello ——-, y dio un suspiro —— para terminar solo quiero decir: que pocos han tenido la suerte de poseer las tres virtudes que todo mexicano bien nacido desea tener, el de ser Chido, Barín y Coquetón,  y uno de ellos ha sido Emiliano Neza.

Terminó de hablar y se sentó, y ya no hubo aplausos; y las autoridades entre molestas y sorprendidas, sin comentar nada de lo acontecido, se trasladaron a ver las ofrendas. Mientras tanto Emiliano se dirigió a Justino con el propósito de agradecerle sus primeras palabras y, a su vez,  le aclarara las segundas —— Gracias Justino por lo que dijiste de mí, pero ¿No me defiendas compadre? —–, sonriendo le dijo  Emiliano —– ¿Qué es eso  que dijiste después? ¿Con qué animal raro me comparaste? ¿Qué es eso de Chido, Barín y Coquetón?

Justino lo miró serenamente y le aclaró:

—– Emiliano, como lo dije, tú te debes sentir orgulloso de las virtudes que tienes, y te las voy a explicar: Chido es aquel o aquello que cae bien a los sentidos. Barín, es una persona generosa y noble y, el ser  Coquetón, se dice de aquel hombre que procura agradar a las mujeres.

Dada la explicación, y dándole un fuerte abrazo a Justino, Emiliano se despidió de él e, inmediatamente se dirigió cerca de ahí al cementerio en donde se encontraban sepultados sus padres con el deseo de honrarlos y venerarlos en ese tradicional día. En el trayecto hizo una recapitulación de su vida: del rancho, de su juventud, de sus mujeres y de sus padres. No era fácil entender y madurar lo pasado, pero sabía que hasta ese momento había actuado con probidad.

Antes de entrar al panteón advirtió, que junto a las comerciantes de flores de   cempasúchil se encontraba un tlachiquero que estaba vendiendo agua miel y pulque. En seguida se dirigió a él y le compró tres vasos de vidrio y una jarra que contenía curado de avena —– recordándole como había sido su crianza —-, después compró dos ramos de flores; luego, incómodo, con todo eso en sus brazos se introdujo a éste.

El copal, la mirra y el incienso o sahumerio preparado con la resina seca del ocote impregnaban el aire del cementerio. Al rito místico habían acudido los dolientes; no obstante, había risas, y los niños corrían de un extremo a otro, relajándose y conviviendo con sus muertos, jugando con ellos.

Advirtiendo y conociendo las costumbres, Camilo se encaminó sereno hacia los sepulcros de sus padres, los que se encontraban juntos, a un lado de una fuente que proveía de agua al osario. Ya estando enfrente de estos, contempló sus nombres sobre las criptas y su vista se comenzó a humedecer.

—– Ahora si, nada ni nadie los va a separar —–, se dijo dentro de sí.

Y tomó los ramos, y los colocó dentro de los floreros de las tumbas; después, sirvió en los vasos el curado de avena y  puso uno sobre cada una de las lápidas.

—– Para ustedes no hay mejor ofrenda que ésta —-, dijo seriamente,  atrapando a su vez al tercer vaso entre sus manos.

Acto seguido, guió sus ojos a la tumba de su padre y le rezó; después, a su madre le empezó a hablar:

—— Madre, todo se ha cumplido, todo lo que ideaste se ha ido realizando. El apellido Neza es ya reconocido en todo nuestro Estado y, aparte de ello, también tu sabes, se me han dado las virtudes que soñaste para mí, las que todo mexicano bien nacido desea tener: el de ser Chido, Barín y Coquetón. Tal suerte te la debo solo a tí madre —– volvió a repetir —-Gracias por todo ello, que Dios te bendiga y te tenga en su santa gloria.

Después brindó por ellos, y en un sorbo derramó el bálsamo que fluye del maguey por su boca, lengua y garganta, dándole alivio a sus recuerdos.