LA NOCHE QUE NADIE DUERME

Toda la población de Huamantla estaba de pláceme. La gente corría por el Parque Juárez abriendo las puertas y ventanas, y las campanas de la basílica sonaban y llamaban a misa debido a que ya había caído la tarde y empezaba a oscurecer. No era para menos, ya que ese día era catorce de agosto, fecha en que la ciudad hace un homenaje, una procesión a su virgen, a la Virgen de la Caridad.

En esa noche nadie duerme, ya que  los huamantlecos se dedican a  adornan sus calles y sus templos con tapetes que representan imágenes de escenas religiosas, elaboradas con flores, arenas y aserrín de colores que artísticamente engalanan la procesión. Además en ella todos participan, uniéndoseles a su vez cientos de feligreses  de todo el país, los  que de manera solemne, devota y fervorosa acompañan ya de madrugada a la Santísima Patrona.

No obstante ello, Toribio Tecoac hijo del vigilante del Museo Nacional del Títere Rosete Aranda, el cual está ubicado a un costado del parque, decidió esta vez no asistir a la ceremonia, y, mejor quedarse a platicar en el museo con su amigo Jacinto, como así lo venía realizando cada fin de semana desde dos meses antes, después de que terminaban sus clases en el bachillerato. Esta era la forma en que él apoyaba a su padre, al sustituirlo en esos días como guardia o velador de la remodelada casona del siglo XVIII que fue convertida en galería histórica de marionetas y guiñoles.

Jacinto era un personaje de edad avanzada, como entre sesenta y setenta años, delgado, barba cerrada, carilargo, de ojos centellantes, nariz aguileña y cejas tupidas, el cual siempre se comunicaba con tranquilidad y sapiencia. Con todo y ello, daba la apariencia de abandono, el que se trasformaba en entusiasmo y alegría cuando tenía enfrente a Toribio, ya que, solamente éste, en ese instante de su existencia, podía escucharlo y comprenderlo. Dicha afinidad surgió desde el momento en que se encontraron, iniciándose una empatía encubierta en discreción mutua que solo ellos conocían y entendían. Toribio solo tenia doce años, huérfano desde los cinco, moreno, de mirada dura y fría, siempre silencioso, y, aunque aparentaba cordialidad, en el fondo era insensible e indiferente, posiblemente por la falta de cariño y amor de una madre, o, de la escasa comunicación que había con su padre.

Las conversaciones que tenían se llevaban a cavo en el interior del museo, casi al fondo, en una mesa cuadrada en donde solo tenían como acompañante a una lámpara de aceite.

Desde que se conocieron y contactaron, Jacinto lo hizo entrar a un mundo diferente, el cual se encontraba exento de lo banal  y cotidiano, a un universo en donde a través de la discusión y reflexión le iba descifrando las dudas existentes relacionadas con la ciencia y la cultura. Al principio Toribio encontró en Jacinto al maestro que le aclaraba e instruía sobre distintos temas, los que, o no le respondían sus profesores escolares, o le contestaban con incoherencias. Fue así que supo, entre otras cosas, las respuestas a disímbolas preguntas como: ¿Por qué el cielo es azul?, ¿Cuánto pesa el aire?, ¿Cómo funciona el cerebro?, ¿Qué mantiene caliente al sol? o, ¿Cuál es el edificio mas bello y perfecto del mundo? o ¿Cuántos kilómetros de longitud tiene la Gran Muralla China?.  Pero, pero ese día, ese día era diferente, ese día Toribio quería que le hablara sobre el amor, sobre la vida y la trascendencia de ésta, sobre lo infinito y etéreo.

—-Jacinto, ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? ¿Cuál es el propósito de mi existencia? —-, le dijo Toribio.

Jacinto, ante tales preguntas, de inicio  se sintió sorprendido, puesto que nadie nunca en sus ya largos años de existencia, dichos cuestionamientos le habían hecho, no obstante de haber tratado a distintas personas y haber viajado por diferentes partes de la república, acompañando en sus giras a la familia Rosete Aranda, siendo él parte y componente de un gran grupo, el cual estaba conformado por personas , objetos, retablos, individuos y cosas que juntos daban vida a el famoso teatro de muñecos, proporcionando siempre con ello alegría y diversión a los niños y adultos de todo el país.

Sin inmutarse ante las dudas de Toribio, de manera seria y segura, decidió a éste responder.

—-Primero —-, e hizo Jacinto un segundo de suspenso, pretendiendo ordenar sus ideas y discernir sobre ello —-primero, para que entiendas eso, es necesario que ejercites y purifiques tu mente, para que así se perfeccione tu razonamiento y surja de lo oscuro la verdad, no tan solo de lo que consideras como real, objetivo y material, sino también de aquello que generalmente es contemplado como intangible, etéreo o espiritual.

—- ¿Y cómo podré ejercitar mi mente? —-, volvió a preguntar Toribio.

—-Aceptándote tal como eres físicamente, meditando y dándole gracias a tu cuerpo exterior y a todos tus órganos interiores por la oportunidad que te han dado de manifestarte y, en tu caso, además, como ser humano, el de poder pensar y realizarte, el de sentir que estás vivo.

Estas reflexiones hechas por Jacinto, a Toribio le sorprendieron, ya que la comunicación que practicaban y tenían, era a través de dos vías: una por medio de la voz de Toribio dirigida a Jacinto y, la otra, a través del pensamiento de Jacinto dirigido a Toribio, puesto que él, él no podía hablar, tenía la boca cerrada, era solo una marioneta, un títere que no media mas de un metro de largo, con un cuerpo tallado en una sola pieza de madera, con un agujero que atravesaba todo el cuerpo hasta el cuello y una varilla de plata insertada ahí mismo, con dos brazos articulados en donde todavía se notaban los hilos que le habían hecho brincar y moverse sobre el tablado del teatro.

—-Pero tú Jacinto, tú, ¿Cómo has podido entender todo ello? Si no tienes sentidos, si no tienes corazón y, por lo tanto, no puedes amar.

—-Te equivocas Toribio, no es necesario tener ojos para poder ver, oídos para escuchar, boca para hablar o tacto para sentir; y, con respecto al corazón ……., vez la varilla de plata que atraviesa mi cuerpo …¡si, ésta que estás mirando!…, en ella se encuentra mi corazón, mi ser, mi todo.

— ¿Entonces?, tú si conoces al amor —-, volvió a insistir Toribio

—-El amor……—-, respondió Jacinto—- el amor es la esencia de todo ser vivo o inanimado. El amor es una energía vital que mueve al mundo, y, para entenderlo, es necesario empezar por amarnos a nosotros mismos, con nuestras carencias y limitaciones. Conociendo tus fortalezas y debilidades, podrás proyectar tu ser y, sólo así,  podrás conocer el amor y darle significado a tu existencia.

—-Y ¿Cómo lo obtengo?

—-Lo obtienes al darlo, al decirlo, al gritarlo, al llorarlo, al demostrarlo con un beso, al expresarlo con una caricia o con una luz de gratitud que salga de tu cuerpo.

En ese momento sonó el timbre de la puerta del museo, eran las dos y cuarto de la mañana, era ya de madrugada y, extrañado Toribio  por el insistente repicar del timbre, rápidamente tomó entre sus brazos a Jacinto y lo condujo con delicadeza al escaparate  donde se exhibía, frotándole y dándole un beso a la varilla de plata, la que resplandeció en ese instante con una luz de gratitud tersa y limpia como jamás se le había visto antes.

Después de ello abrió la puerta, encontrando a su padre, el cual, inmediatamente al verlo lo abrazó y lo invitó a participar en la procesión que en ese instante pasaba frente al museo.

—-Toribio —-, le dijo—-he estado pensando en ti …… y sí…. ya es tiempo de que hablemos, de que nos comprendamos, de que me perdones.

Y sin decir más palabras, después de cerrar el museo, los dos continuaron abrazados, muy unidos, siguiendo la marcha de la procesión, la cual continuaba en medio de luces y rezos que   veneraban a la Virgen de la Caridad.