CLARO-OBSCURO

—- ¡Gracias!  —-, gritó con alegría Crisanto Cuecuecha Senderos frente a las fotos amplificadas de Xóchitl que en forma de carteles elaborados de manera artística y colocados estéticamente, tapizan las paredes de su recámara y estudio fotográfico.

—-Te amo, dame un poco mas de ti —-, murmuró otra vez al repasar su imagen, admirándole su largo cabello negro rizado que caía sobre su esbelta espalda desnuda y sobre sus privilegiados pechos.

Su exaltación se había iniciado tres días antes, el martes de carnaval, después de ir a tomar unas fotos al grupo de bailarines cubiertos con máscara de madera tallada, llamados comúnmente “huehues”, que en el mes de febrero celebran danzando en el peculiar y tradicional festejo, evento en el cual él también participaba, año con año, al igual que como lo habían hecho sus padres, abuelos y bisabuelos, colaborando así con la atávica costumbre familiar heredada por los primeros habitantes de Texcacoac,  barrio que lo vio nacer, ubicado al oriente de Santa Ana Chiautempan, ciudad tlaxcalteca que dio origen al sarape en México.

Todo comenzó en el momento de pasar con su auto— un volkswagen sedán plateado— por el frente del panteón municipal, cuando la vio de ahí salir, erguida y envuelta en un vestido blanco. El supo desde ese instante que su nombre era Xóchilt, por su piel morena y su olor a flor. Su edad no pasaba de los veinte años, mestiza, de ojos pequeños y rasgados, labios carnosos y risueños, y su figura era liviana, muy etérea, ya que al caminar parecía que flotaba.

En gran parte, eso fue lo que lo incitó, lo que dio pauta para que inmediatamente la siguiera muy de cerca, sin importarle el fuerte viento caliente que se había desatado. Muy por el contrario, él se sentía alagado, ya que fue éste el que le despabiló su erotismo siempre oculto y frío, propiciándole enseguida la desaparición de su notoria timidez que le había impedido conquistar a una mujer, y que, a sus treinta y tres años lo mantenía —- según decía él —-“honrosamente casto y célibe”.

Solo habían pasado dos calles cuando, decidió no solo hablarle, sino también tocarla. Ella ya sabía de su presencia, puesto que desde que salió del panteón, pareció que lo había elegido, y así se lo hizo sentir con una sonriente mirada cuando éste la abordo.

—- ¿De dónde eres ?—-, le preguntó Crisanto tomándole las manos.

—- No estoy ni soy de aquí—-, dijo Xóchilt.

—- ¡Qué bueno! —, sonriéndole también le contestó Crisanto—- encontraste a la persona idónea. Yo seré tu guía, te mostraré el pasado y presente de mi tierra.

E inmediatamente, sin pedirle permiso, la condujo al interior de su auto sin que ésta se opusiera. Y, así, complaciente y callada fue trasladada a Cacaxtla, imponente ciudad fortificada construida hace mas de mil años sobre un cerro que domina las planicies de los alrededores, la que estaba en su origen formada por una serie de plataformas, calles, pirámides y adoratorios en donde se plasmaron numerosas pinturas murales en las que se aprecia y enaltece la cultura prehispánica.

Hasta lo más alto de la loma subieron los dos, tomados de la mano. Desde ahí observaron el majestuoso valle y contemplaron  los imponentes volcanes que han sido mudos testigos de la historia de México: El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Ya al atardecer, se dirigieron a la capital del Estado, a la ciudad de Tlaxcala, la cual fue fundada en 1525 por los españoles y es considerada la cuna del mestizaje en México.

En el camino, una palabra dijo ella más, solo lo escuchaba y miraba. Por su parte él, no dejó un minuto de hablar, de decir lo que hacía, de sus trabajos y oficios; no tan solo de la capacidad que tenia en el arte de la fotografía, sino también de la facultad que había adquirido al poderse comunicar con el mundo de los espíritus, ya que en trance escribía una serie de textos considerados por quienes los leían y examinaban, como verdaderos avisos de renovación y cambio, dictados por seres iluminados que transitaban por el espacio infinito. Además de ello, también le hizo saber a Xóchilt, con gran detalle, el origen de su familia, y la prosapia política de ésta.

Sin duda alguna, lo que le fue manifestando a ella, en gran parte era verdad, puesto que la unión de sus apellidos provenía de un lazo clientelar que política y sentimentalmente había unido a las familias Cuecuecha y Senderos, el cual se había iniciado cincuenta años atrás a través de sus tíos abuelos, los cuales, aparte de haber tenido la virtud de “verse agraciados” con el apoyo de comisiones ejidales, comités agrarios y sindicatos para obtener puestos públicos, eran miembros de un círculo de estudiosos psíquicos que hacían sesiones espiritistas en donde se materializaba, entre otros, la figura de Francisco I. Madero, símbolo y mártir de la Revolución Mexicana, y muy reconocido practicante de la “mediumnidad”.  Y es que los señalados rituales que realizaban cada viernes primero de mes en su estudio fotográfico tenían como fin esencial —- dicho en voz de ellos—- obtener la energía anímica y alcanzar el mensaje del más allá para poder retomar los ideales que había perdido el institucional partido oficial. Esto fue realmente lo que lo indujo a participar de manera continua en las sesiones, debido a que estaba decepcionado y se sentía defraudado por la falta de coherencia y congruencia que en general había en la llamada “clase política”, hecho que se reflejaba, a pesar suyo, en su propio entorno. Fundamentaba tal argumento en la justificada razón de que el único representante que tenía su familia en puestos de gobierno, era en ese momento su propia prima hermana Selena, persona que sin probidad fue escalando espacios públicos a través  de recurrir a canonjías, adulaciones, antesalas,  mentiras y vituperios, y el tener de herencia los apellidos Cuecuecha y Senderos, como si la capacidad se adquiriera por medio de un proceso osmótico o de una supuesta “calidad genética” en los glóbulos  sanguíneos.   Lo anterior fue solo un fragmento de la narración, casi discurso, que pacientemente aguantó Xóchitl en todo el camino hasta que llegaron a la ciudad de Tlaxcala, lugar donde ella, a partir de ahí, aunque continuó silenciosa y callada, decidió tomar la iniciativa, convirtiéndose en el lazarillo de Crisanto. Y así, junto a él, lo condujo primero a la parroquia de San José, construcción barroca recubierta con ladrillo y azulejos de “talavera”, templo que conserva en su entrada dos pilas labradas en piedra, ejemplo del sincretismo cultural y religioso que se dio en México. A una de ellas se encaminó inquieta Xóchitl, a la que tiene grabada en su base a Camaxtli, dios tlaxcalteca de la guerra y la caza. Ante ésta, ella hizo una veneración, y tomo de su interior con sus dos manos agua bendita que frotó en su frente, nuca y pecho. Crisanto hizo lo mismo, la imitó realizando una reverencia y, sin que entraran al interior de la parroquia, atravesaron presurosos la Plaza de la Constitución, continuando una vía dispuesta mentalmente por ella que los condujo al Ex Convento Franciscano de Nuestra Señora de la Asunción, sitio que en 1520 se inició el Santo Evangelio en América.

Ya en el atrio de la iglesia del convento—- el cual está adornado con añejos cipreses—-, apareció, separada de ésta, la inmensa torre del campanario, así como una capilla abierta, única, de planta hexagonal. También, el camino definido por Xóchitl estaba determinado, puesto que estando ahí, inmediatamente se dirigió a la iglesia, la que en su interior guarda una gran cantidad de obras de arte, como lo es su techo formado de madera-mudéjar decorado con estrellas doradas; a  su vez, también la embellecen cuatro capillas dedicadas a la adoración de San Francisco de Asís, al Cristo de Centli y, a la Virgen de Guadalupe. A esta última se acercó con devoción y respeto Xóchitl, arrimándose hasta el altar lo más que pudo e, hincada, alzó los ojos hasta la imagen de la Virgen, la cual  se venera sobre un retablo de retorcidas columnas salomónicas en las que se enredan acantos y vides.

Fue solo en ese sagrado oratorio en el que Xóchitl determinó no se le aproximara Crisanto, siendo únicamente su acompañante la bruma y el olor intenso del incienso, así como los sonidos de los cánticos de los salmos, maitines y laudes que en su interior solo ella escuchaba. No fueron mas de diez minutos los que estuvo orando fervorosamente ante la virgen y, ya al atardecer, casi anochecer, con el ocaso del día, bajaron a la ciudad, acompañándolos los cipreses que movían sus ramas rítmicamente al compás del viento.

El calor que había hecho en el día  fue decreciendo, sin perderse con las horas que caían una a una. A su vez, la ruta que fue propuesta en compartida  complicidad, encontró su término al llegar juntos, con un acuerdo silencioso y perfecto al portón que formaba parte de la entrada del estudio fotográfico, construcción que estaba ubicada a dos calles de la Plaza de la Constitución y que a la vez se mantenía cercada con altos muros de piedra adornados por balconajes  de retorcidos balaustres sobre argamasa  y tezontle, que realzaban la sobria fachada colonial.

En realidad el estudio fue diseñado por él para cumplir tres funciones: La primera, a la entrada, en la planta baja, destinada a la toma, revelación y exposición de fotos; la segunda comprendía, en el mismo nivel, una sala adaptada para realizar las sesiones espiritistas; y la última estaba en la planta alta, área donde se encontraba su habitación.

De inmediato, después de traspasar el portón, Crisanto lo cerró y dio vuelta con la llave a la cerradura con la intención de que nada ni nadie interrumpiera ese momento, esa intimidad tan ansiada que fue generada esa mañana cuando ella apareció. El acceso al interior del estudio fue lento: primero prendió la luz y, ante su cámara fotográfica  con  trípode de madera,   abrazó a Xóchitl tratando de afirmarse, de enfocarla, de hacerle sentir su hombría, recostándola sobre una espesa alfombra roja, admirándose a sí mismo por la forma en que dulcemente la seducía con palabras amorosas y, teniendo también de cómplices a sus propios dedos que brincaban como si fueran  de violinista en concierto, por todo el vestido blanco, desabotonándolo suave y tiernamente. Acto seguido, encubierto en la canícula que por los muros salía, sin perder el objetivo, abrió el diafragma de su cámara de fuelle, deslizando el visor sobre el cuerpo de ella y, ya estando desnuda, fue penetrando el rollo de película, tratando de explorar y captar gráficamente todo el color que la belleza de ella le expresaba y entregaba. En su excitación y ansia, el liquido fijador se regó por los dos cuerpos, no obstante ello, el grosor y densidad del yoduro de plata ya depositado sobre el papel, fue el ingrediente que determinó culminar jubiloso su obra en medio de flashes que iluminaron su placer bisoño, con la grata  satisfacción de haber cumplido. Y es que Xóchitl así se lo hizo saber, ahora con una agradecida y ardiente mirada.

Pasado el embeleso, exhausto y sudoroso, sin saber de donde, la locución  e inspiración le fueron saliendo, articulando a su vez con ello una sensata apología a sus ahora dos grandes amores:

—- Xóchitl —-, dijo a ella —- la fotografía es para mí un lenguaje, un arte. Ella me ha permitido recortar la realidad visual, congelar momentos únicos llenos de significado y misterio que han llenado mi existencia……….. pero …, tú ahora —-, continuó hablando emocionado —- le haz dado a mi vida una razón más de ser, la haz  iluminado.

Ciertamente así había sido, ya que terminada tal cavilación y reseña, desde su interior agradeció a Xóchitl el haberle descubierto su virilidad, la cual había estado escondida bajo largos años de arduo y monótono trabajo en fiestas escolares, bodas, quince años, bautizos y aniversarios. Después de que pensó eso, siete minutos pasaron de contemplación al admirar la natural y escultural belleza de Xóchitl. Ya relajado, la tomó de las manos y la levantó lentamente de la alfombra roja, y, descolgando el teléfono y apagando la luz, tropezándose con la cámara fotográfica,  subieron juntos semidesnudos a la habitación, y se acostaron con el placer en su vieja cama de latón, escondiendo Crisanto la llave del portón bajo su almohada, quedándose después profundamente dormido.

La luz del nuevo día y el tañido matinal de las campanas de la Parroquia de San José, traspasaron la ventana de la alcoba, despertando a Crisanto, quien estaba extrañamente enredado con  la larga y fría cámara fotográfica.  Sorprendido se enderezó separándola de su cuerpo, buscando a Xóchitl a su alrededor, sin percibir su aroma, sin sentir su esencia, pronunciando  su nombre sin ser escuchado y en su enredo, bajo la almohada encontró la llave del portón, inmóvil, fría y quieta, sintiendo inmediatamente después un escalofrió que le cruzó la espalda. Tembloroso tomó la llave y descendió la escalera trompicándose, hallando la luz apagada, el teléfono descolgado, el portón cerrado, y toda la planta baja hecha un asco, llena de solvencias y residuos amorosos, ¿y ella?  …….. ¡Ella no estaba!  Había desaparecido.

Perdido en el desenfreno de sus sentidos y con una sensación  de soledad y abandono, subió a su auto y se dirigió al cementerio, lugar donde la vio por primera vez, pues sabía que ahí la volvería a encontrar. Al entrar al panteón, instantáneamente percibió su olor e, inmediatamente, su cara de angustia se transformó en regocijo al sentir la presencia de ella al fondo de éste, junto a un frondoso árbol de capulí. De prisa caminó hacia allí, y cuanto más se acercaba más era la inquietud por verla, por sentirla, por tener a su modelo, a su objetivo delante de él. Y, así fue, ya que solo a unos metros del capulí la descubrió, siendo la referencia el sutil vestido blanco que parecía esconderse entre las tumbas de mármol. Finalmente, brincando entre las lápidas la atrapó y, antes de tocarla, ella le volvió a sonreír ardientemente, pero en ese momento frente a sus ojos, Xóchitl comenzó a diluirse sobre un frió sepulcro rosáceo en el que se fue quedando solo un magma líquido que fue limpiando su superficie, descubriéndose y manifestándose a la vez, sobre la lápida, un epitafio, el cual leyó sorprendido:

                                Aquí yace el cuerpo de Xóchitl

                                        Novicia que sirvió en el

                           Colegio de las Monjas Adoratrices

                        Muriendo el día 28 de Noviembre del 2005

                                     A la edad de 19 años

                                          Descanse en Paz

                                   

 

En ese instante, la súbita revelación le produjo un calor mortecino que le cubrió la frente de sudor, secándole además la garganta. A partir de ese momento, Crisanto decidió enclaustrarse en su estudio fotográfico y, de él, solo se sabe que sube y baja completamente feliz las escaleras enredado con la cámara de tripie  en sus brazos y, además, entre murmullos y gritos llenos de éxtasis, la imagen y presencia de Xóchitl se contempla a través de la ventana.