AGUA DELGADA

Era 22 de Noviembre, y los intrincados sauces llorones habían perdido por completo las hojas, pero, aun así, se resistían silenciosamente al paso del seco y frió aire que sacudía sus ramas bajo el nublado día. Tal revuelo contrastaba con la gracia del riachuelo de agua delgada que frente a ellos se integraba gustoso  al Río Atenco, el cual transita sereno y silencioso a un costado de la ciudad de Apizaco, urbe tlaxcalteca pionera del ferrocarril en México.

 
Al borde de ese arroyo, en lo alto de una ladera, sentados al pie de uno de los árboles y después de mucho tiempo de no estar juntos, los dos hermanos gemelos Leonidas y Catalino se reunieron nuevamente con la intención de platicar, de recordar su infancia, su juventud, su pasado. Pasado que comprendía cincuenta y cinco años de vida, y, que, precisamente ese día, día de Santa Cecilia, lo iban a celebrar.

Antes de que abrieran una botella de tequila que traía Catalino dentro de una bolsa de manta, contemplaron el gran paisaje que tenían enfrente de su vista: miraron primero hacia el sur, a la Malinche, volcán emblemático de la región que en ese instante parecía enredarse entre nubes y vientos con la montaña que siempre celosa lo acompaña, la Cuatlapanga y, después de ello, trasladaron sus ojos hacia el poniente, observando como se extendía sobre el altiplano la gran ciudad, la cual a su vez continuaba creciendo minuto a minuto, siendo testigos mudos de tal desarrollo, las fuertes y vigorosas torres de su basílica, la Basílica de Nuestra Señora de la Misericordia.

Catalino y Leonidas eran hijos de Isaac Manzur y Lucrecia Huerta. El fue un inmigrante libanés que a los veinticinco años llegó a México desconsolado y sumergido en deudas y, con la intención de borrar de su memoria la violencia religiosa que había en su país. Lucrecia fue hija de un caporal que había trabajado en la hacienda de Atlangatepec al norte de la ciudad.

Los gemelos Manzur, como eran conocidos, tenían pocas coincidencias y, sí, muchas diferencias. Para empezar, Catalino tenía los ojos negros como su madre y la cara redonda de su padre, era alto como su padre y de tez morena como su madre. Leonidas tenia los ojos cafés como su padre y el cabello era chino como el de su madre, su estatura era media y el cutis blanco como su padre. Leonidas era un hombre de rostro sereno, usaba gruesos lentes con aros de oro, tenía una espesa barba roja y vestía siempre con corbata de moño, saco y chaleco. Era amante de la música clásica y tocaba la cítara y el salterio. Catalino era irreverente y romántico, no usaba bigote ni barba, su ropa comprendía un ajustado pantalón de mezclilla, botas y camisa vaquera, y un sombrero tejano de fieltro. Tocaba la guitarra y cantaba rancheras en veladas y comidas. Leonidas era racional, muy frió. Catalino era ardiente, muy bohemio. Leónidas jugaba el ajedrez, Catalino el póquer y el dominó. Leonidas era casado y Catalino un empedernido soltero.

Desde que nacieron, la diferencia fue tan grande, que el cura, compadres, familiares y amigos, dudaron que fueran hijos de un solo padre o de una sola madre, o, la otra probabilidad, que uno de ellos había sido adoptado en el mismo instante en el que su madre Lucrecia paría al otro. No obstante estas conjeturas, tal duda no existía ni en Lucrecia ni en Isaac, ni en el doctor, ni en las enfermeras que atendieron a tan singular parto, ya que todos ellos fueron testigos de que Catalino y Leonidas habían emergido del mismo vientre, pero con una particularidad, que el  alumbramiento había sido dentro de una circunstancia muy especial, habían nacido con tres horas de diferencia.

Las dudas a tales desigualdades, tanto en lo físico como en la personalidad, las fue aclarando con el tiempo la prima hermana de Isaac, Rebeca Jalil, conocedora de las ciencias esotéricas y doctora en lectura del tarot y en astrología. La verdadera razón que hacia distintos sus caracteres ——- según la interpretación de ella —-consistía en que el día en que habían nacido, había existido un eclipse total de sol y, además éste, también había coincidido con el último día correspondiente al signo de escorpión; a su vez, Leonidas, había nacido a las veintiún horas con diez minutos y, Catalino, a las veinticuatro horas con diez minutos. Suceso considerado inaudito, pocas veces visto en los anales médicos y, menos aun, en el arte de analizar y predecir el futuro a través de los planetas, ya que tal hecho determinaba a Leonidas como escorpión pero con el ascendente en virgo y, a Catalino como un sagitario, pero con su ascendente en tauro. Factores que, unidos todos ellos, definían a uno como racional y analítico, y al otro, como idealista y hedonista.

Toda esta amalgama de argumentos diagnosticados por Rebeca, los sustentaba con cartas astrales personalizadas de cada uno de ellos, llenas de datos y efemérides que solo ella podía entender y que, a pesar de existir un gran escepticismo por parte de propios y extraños a las supuestas pruebas que descifran el destino de los hombres a partir del conocimiento del mapa del cielo, parecía ser que había una gran verdad en todo ello, puesto que, independientemente de existir entre ellos una gran diferencia física, su vida también había sido extremadamente opuesta.

Para comenzar, desde que era niño Leonidas, manifestó siempre su inquietud hacia la mecánica y la física, la que se inició en el momento en que su padre lo llevó a la estación del ferrocarril, ya que estando ahí se quedo mudo un instante al admirar por primera vez a un tren y la forma en que éste se movía. Fue precisamente la máquina de vapor número 212 perteneciente a los Ferrocarriles Mexicanos la cual vio deslizarse con sus grandes ruedas de manera rítmica sobre dos rieles paralelos que firmemente la soportaban y sostenían.

——Hasta el día de hoy —– le dijo en ese instante su padre——, no existe ser animado o inanimado que pueda trasladarse o moverse dentro de una energía constante a través de grandes distancias, ni el poder desarrollar esta energía estáticamente, si no es con la ayuda de la rueda. Desde una insignificante carreta hasta una potente aeronave, o, desde un pequeño reloj hasta una gran fábrica, no podrían existir si no fuera por la rueda.

Con todo y ello, a pesar de tal reflexión, al terminar la secundaria, Leónidas — contraviniendo a su naturaleza —   decidió incorporarse al Seminario Católico de Nuestra Señora de Ocotlán,   ya que fue en esa etapa incierta de su vida cuando deseó descubrir la verdad del ser, de su existencia y, el de encontrar la relación dialéctica que hay entre la “fe y la razón”. Por tal motivo, en dicha institución, por mas de tres años realizó estudios sobre teología, griego y latín, derecho canónico y metafísica, y, finalmente, al encontrar más dudas que respuestas, determinó retomar su vocación natural, la cual estaba relacionada con las ciencias matemáticas, hecho que lo indujo a instruirse, e investigar por su cuenta las leyes de la electrónica, astronomía y magnética, planteándose a la vez con ello, encontrar la mejor forma para poder desalinizar el agua de mar y el de descubrir y producir a través de los rayos catódicos la energía geotérmica y solar. Esto último tenía como fin el de alcanzar un mas seguro y rápido desplazamiento en los transportes terrestres y aéreos. Fue ésta la razón la que lo orilló en una aparente locura, a construir en el sótano de su casa un gigantesco sextil el cual estaba unido a una máquina que contenía un enorme imán en forma de esfera con ruedas dentadas, que se apoyaban en cilindros metálicos que portaban gases y, estos a su vez, hacían girar piezas y circuitos que destilaban líquidos de colores sobre unos primitivos matraces.

Catalino, por su parte, siempre fue la otra cara de la moneda, ya que nunca quiso estudiar una carrera universitaria, solo alcanzó terminar la secundaria, hecho que lo hacia discutir continuamente con su padre, llevándole siempre la contra; y, muy por el contrario era el caso de su madre, puesto que ésta lo protegía, era su confidente y aliada. Por todo lo anterior y no obstante el apoyo de su madre, decidió a los dieciocho años dejar su hogar, ya que le gustaba disfrutar de su libertad, cultivar amistades, divertirse y viajar. Generalmente se sentía seguro de sí mismo y era exageradamente sincero y franco, pero, era muy impetuoso e impulsivo, y su gran pasión era la fiesta de los toros, el arte de la tauromaquia, por lo que, determinó convertirse en torero.

Su afición se originó cumplidos los dieciséis  años cuando un día no asistió a la escuela y se escapó junto con su quinceañera novia al campo, con la intención de poder ver y sentir tanto la belleza de ella como el de la naturaleza. Y fue junto a ella, entre unos espesos matorrales y atrás de unos magueyes cuando frente de ellos se presentó un arrogante toro negro que de manera firme le fijó la vista con un gesto de reto. Por primera vez en su vida, ese momento, esa imagen, esa actitud desafiante del toro le provocó  una serie de apetitos, deseos, delirios y excitaciones que jamás había tenido y, entre todo ello, conoció también el temor y el miedo, y la posibilidad de luchar y poder vencer a la muerte.

A partir de ese día comenzó a recorrer las haciendas tlaxcaltecas de reses bravas, frecuentando lidiadores principiantes, conociendo a ganaderos, participando en las tientas que se hacían a las becerras para valorar su bravura y clase. Allí fue aprendiendo poco a poco los fundamentos del toreo, lo que le dio con el tiempo la oportunidad de participar en ferias de pueblos, lidiando baquillas toreadas que ya no obedecían el engaño de la capa, recibiendo raspones, envestidas y cornadas que le calaron el orgullo, pero que de ninguna forma  amainaron su arrojo y osadía. Muy por el contrario, la falta de oportunidades en plazas reconocidas lo condujeron en innumerables ocasiones a saltar al ruedo de éstas como espontáneo, reconociéndole el aficionado su valentía y arte con “oles” y aplausos, pero, así también, después del denuedo súbito, aceptó y soportó el castigo de la autoridad, amaneciendo en muchas ocasiones en solitarias y húmedas cárceles.

Fue hasta los veinte años y después de múltiples intentos, cuando por fin se le dio la oportunidad de vestir un traje de luces, toreando dos novillos en la tradicional Plaza de Toros Jorge “Ranchero” Aguilar de la ciudad de Tlaxcala. Desde ese momento, a Catalino Manzur se le empezó a conocer en el mundo taurino como “El Cata”, y su fama fue creciendo, ya que tuvo la virtud de haber revolucionado la forma de lidiar los toros al pararse y quedarse inmóvil frente a ellos, realizando con el capote verónicas y chicuelinas con remates inesperados y, luego con la muleta ligaba pases sublimes en series que terminaban con artísticos trincherazos. No fue tan solo por el arte que desplegó en su etapa de torero lo que lo encumbró en el ambiente social, sino que también tuvo que ver lo que hacía y decía fuera de los ruedos, ya que siempre polemizaba con empresarios, actores, artistas y políticos.

Sin duda que la historia y trayectoria de los dos hermanos había tenido de todo, pero, hasta ese día, lo que deseaba uno, el otro lo detestaba; lo que le sobraba a uno, le faltaba al otro, y solo en una cosa habían estado de acuerdo, el que en su aun corta vida, tenían bien entendido la efímera temporalidad del hombre y el valor de ésta, la que comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Fueron precisamente todas estas circunstancias y acontecimientos lo que les conminó a reunirse nuevamente en esa importante fecha y en ese lugar, el lugar de siempre, el lugar que descubrieron cuando eran niños, muchísimo tiempo antes de que cada uno definiera por separado su destino.

Y, ahora ya, estando ubicados y acomodados en el descampado y bello sitio, volvieron a contemplar el panorama que les ofrecía la ciudad, y al tener  enfrente de ellos la botella, Luciano tomo la iniciativa y la abrió, sirviendo el zumo del agave en dos vasos tequileros.

——Catalino, querido hermano ——, le dijo Luciano después de decir salud y dar un sorbo al tequila ——desde que nacemos solo somos un mero proyecto por realizar, llenos de deseos, preocupaciones, temores, angustias y logros, los que vamos descubriendo, superando o desterrando en la medida en que nuestra conciencia tiene noción de las aptitudes y limitaciones que poseemos y…, yo a ti, dentro de esta entendida realidad …aunque a mi orgullo le cueste decirlo y aceptarlo…..la verdad es que siempre te he admirado. Te he admirado por la fama que haz alcanzado, por el valor con que enfrentas a los toros y por la ligereza con la que haz llevado tu vida ——y le dio una sincera palmada al hombro.

—— Luciano, gracias por tus palabras——, contestó sorprendido Catalino ante tal revelación, devolviéndole el brindis al estrechar nuevamente sus vasos ——gracias ——,volvió a repetir ——pero siendo honesto, siendo sincero como tú ahora lo haces conmigo, en éste momento yo cambiaría mi vida por la tuya, yo quisiera una familia, una esposa, unos hijos como los tuyos; la imaginación y talento con el que naciste, y el respeto y responsabilidad con el que has   vivido ………..sin embargo Luciano ——, y dio un suspiro que fue acompañado por  un nuevo sorbo al tequila ——sin embargo esto no va a ser posible, lo que importa, como tu lo haz dicho, es que los dos hemos entendido nuestros defectos y cualidades, que hemos comprendido el lugar privilegiado que como hombres tenemos en el cosmos por el simple hecho de haber nacido, que nuestra conciencia está  sabedora de nuestro ser, de nuestra existencia, la que es única e irrepetible.

En ese momento, a lo lejos, se empezaron a oír unas detonaciones de salva de cohetes con los cuales los músicos honraban a su patrona Santa Cecilia; y en el mismo instante el cielo se despejó alumbrando el sol a la ciudad, y el riachuelo de agua delgada seguía corriendo alegre y vigoroso; y los dos hermanos se sirvieron otro vaso con tequila, recordando y brindando ahora por sus padres,  como siempre ellos  lo hacían en los días en que se celebraba una fiesta.